Cuando nos encontramos, entran en contacto mundos diferentes. La otra cara del deseo de compartir es la capacidad de acoger. Si me ofreces algo, acepto la otra mitad de la galleta; y si me cuentas algo, te escucho con atención. Al menos intento hacerlo… porque ese impulso natural de recibir al otro sigue estando ahí incluso cuando yo misma no estoy pasando por mi mejor momento.
Intento sentirte y comprenderte, no juzgarte
Cuando entro en un mundo nuevo, primero miro a mi alrededor y me dejo sorprender por lo que encuentro. Permito que me afecte: ahí empieza la receptividad. Dejo pasar por mí lo que he recibido y después vuelvo a salir hacia fuera, influyendo también yo en lo que me rodea.
Es parecido a la respiración, y es una necesidad igualmente natural: recibir y después expresarnos hacia fuera. Respiramos, y algo de nuestra alma también entra y sale con ese movimiento. No creo que esa relación sea casual.
Salvo contadas excepciones, tenemos una capacidad instintiva para relacionarnos con los demás más allá de las palabras. Podemos respirar y movernos juntos, prestar atención con todo nuestro ser, con el corazón y el alma presentes. Y esto puede suceder también entre desconocidos; no hace falta una amistad profunda. Quizá hayas visto alguna vez una grada de fútbol donde cientos de personas contienen la respiración al mismo tiempo y, un instante después, saltan juntas gritando: "¡Gooooool!".
Cuando intento no solo comprenderte, sino también sentir lo que hay en ti, empiezo a percibir la tristeza que se esconde detrás de tu sonrisa, la desesperanza que hay detrás de tu enfado o la ausencia de alguna necesidad profundamente humana detrás de una confusión total.
Simplemente estoy ahí, sin asustarme ante la noche oscura del alma de ninguno de los dos. Porque cuando nuestros mundos se encuentran de verdad, tanto la alegría como el dolor pueden reflejarse en nosotros. Y cuando somos capaces de estar juntos de esta manera, pocas cosas puede ofrecernos la vida que sean un regalo mayor.
La inspiración nace de los encuentros verdaderos.
Yo digo algo, eso despierta algo en ti, una comprensión lleva a otra y empezamos a movernos libremente entre sentimientos e ideas. Inspiramos y nos dejamos inspirar, nos sumergimos en el mundo del otro. Y es entonces cuando mejor sabemos reír juntos.
¿Qué ocurre cuando nos cerramos?
Cuando empezamos a cerrarnos unos frente a otros y rechazamos la posibilidad de abrirnos y recibir, entramos en conflicto con algunos de nuestros impulsos más elementales. El miedo cava una zanja entre nosotros y, en esa zanja, ese amor originario que llevamos dentro parece filtrarse y desaparecer, en lugar de circular libremente entre nosotros.
No son las opiniones, los puntos de vista o las verdades diferentes las que crean las zanjas y después las convierten en abismos, sino el miedo. Y podemos tener miedo prácticamente de cualquier cosa. Uno de los miedos más profundos es quedar excluidos. Hubo un tiempo en que eso equivalía prácticamente a una condena a muerte.
Pero para pertenecer hay que aceptar los valores y las verdades de la comunidad.
Toda comunidad tiene ciertas reglas de juego que, como una barrera colocada en el lugar adecuado, al mismo tiempo protegen y nos impiden hacer determinadas cosas. O, por el contrario, nos empujan a hacerlas o a aceptarlas en silencio. A cambio de seguridad y protección, nos piden parte de nuestra libertad y nuestra lealtad.
Por eso es importante mantener una relación viva no solo con los demás, sino también con nuestro propio mundo interior.
Nuestro mundo interior es como la quilla de un velero: puede devolvernos el equilibrio cuando las fuerzas externas y nuestros miedos nos hacen escorar. Las circunstancias siempre están ahí, pero en cada momento seguimos teniendo la posibilidad de elegir. Podemos elegir desde qué perspectiva mirar: buscar en el otro aquello que compartimos o aquello que nos separa. Y también podemos decidir cuánto de nosotros mismos estamos dispuestos a sacrificar.
Podemos reaccionar visceralmente, desde el miedo. Podemos juzgar de antemano y cerrarnos.
O podemos darnos una oportunidad, aceptando el riesgo que supone abrirnos y acoger al otro.
Y entonces, a partir de las experiencias compartidas, pueden surgir comunidades vivas y acogedoras en las que, con un poco de suerte, todos podamos ser nosotros mismos. Comunidades en las que el principio que ordena no sea el miedo, sino el amor. Y si cada vez existen más comunidades así, eso sí puede hacer de este mundo un lugar mejor.